Fuego rodante

las fallas

Que la UNESCO incluyera las Falles del Pirineu en la Lista representativa del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad en diciembre de 2015 significó, por encima de todo, un reconocimiento a los fallaires que a lo largo de los años han hecho pervivir esta tradición.

Porque más allá de las actitudes emocionales que genera toda fiesta tradicional, la historia de las falles en Andorra desde que volvieron al espacio público en 1987 ha sido una historia de supervivencia y reivindicación. Con la UNESCO hay un antes y un después, porque colectivos fallaires e instituciones adoptan unas responsabilidades y unos compromisos basados ​​en la preservación y la difusión de la fiesta, que al mismo tiempo pasa a tener unas dimensiones considerables.

Originariamente, la falla era un tronco largo de boj donde se enfilaban cáscaras de corteza de abedul que los jóvenes de cada región, los fallaires, hacían rodar en llamas alrededor de la hoguera. También podían bajar desde las montañas cercanas hasta una hoguera en medio del pueblo. Una vez encendidas, las falles se agitan y se hacen girar vertiginosamente hasta el punto que generan grandes ruedas de fuego de una plasticidad y un atractivo casi hipnótico.

Los fallaires

Sant Julià de Lòria, completa el quinteto de ciudades donde hoy en día se puede ver la quemadura de fallas.

Los cinco colectivos fallaires constituyen la Mesa Nacional de Fallas de los Valles de Andorra, que vela por la coordinación de las actividades conjuntas y deviene interlocutora con el Ministerio competente. Cabe decir que la constitución de la Mesa no ha implicado que los colectivos fallaires de cada municipio perdieran su idiosincrasia, cada colectivo continúa manteniendo su estructura organizativa; ni que se haya hecho un proceso de homogeneización de la fiesta, al contrario, cada uno ha continuado quemando falles con sus particularidades, ya sean de vestimenta, recorrido o modalidad de quemar la falla. Los Fallaires lauredians se diferencian por ir vestidos de rojo. Como Andorra la Vella y Escaldes-Engordany, para iniciar a los más pequeños, se han añadido las falles de luz, que son unas bolas que también se hacen girar y cambian de color con las que los niños empiezan a practicar la fiesta y a disfrutar de ella.

Pero hay algunas actividades y algún elemento de la fiesta que sí han pasado a ser compartidos. Es el caso del taller de falles tradicionales hechas de corteza de abedul y el del fallaire mayor, que recupera su concepción de nacional cuando se crea la figura en 1997 y cada parroquia renunció a tener su propio fallaire mayor.